Del Escritorio del Padre Davis

Hace años, cuando fui a la universidad, desarrollé grandes amistades. Había conocido gente de todo el país y de todo el mundo que vine a apreciar grandemente. Esos amigos enriquecieron mi vida tremendamente. Compartimos un montón de grandes momentos a lo largo de una jornada de cuatro años. Vine a disfrutar, lejos de casa, lo que llamé "la familia lejos de la familia". Habiendo viajado juntos a través de las inseguridades y las luchas, el trabajo duro y el auto-descubrimiento, los desafíos de discernimiento y los planes futuros, no para mencionar las exigencias y los rigores de la academia que compartíamos, todos nos conocíamos muy bien. Cuando llegó el día de la graduación, por supuesto, unos cuatro años después, fue un día de emociones mixtas. Hubo gozo en un momento de logro. Fue un momento de gloria personal el graduarse con honores. Pero también fue un momento triste. Todos nosotros, amigos, que fuimos compañeros en la jornada, que ahora estaríamos de regreso a nuestras respectivas partes del país y empezaríamos a vivir nuestras vidas, tal vez nunca nos veríamos más. Cuando tales momentos suceden en la vida, cuando sabes que nunca vas a ver a alguien de nuevo, las palabras se vuelven escasas; son del corazón; de hecho, se vuelven más profundas. Se graban en nuestros recuerdos, y algunas veces en nuestras propias almas.

Este fin de semana celebramos la Ascensión del Señor. Cuarenta días después de su Resurrección, Él deja a los Apóstoles, gloriosamente ascendiendo ante sus ojos, para nunca más relacionarse con ellos en ese tipo de manera privilegiada y distintiva como lo habían experimentado durante ese período después de la Pascua. En este contexto, en el momento de la partida, Jesús les da sus últimas palabras. De hecho, son sus instrucciones finales. Todo está resumido. Las palabras se hicieron escasas. Ellas vinieron de su corazón. Los Apóstoles nunca las olvidaron. Jesús les dijo: "Bautizad, observad los mandamientos, y sabed que yo estoy con vosotros siempre.” Estas instrucciones se convirtieron en el "alma" de la propia identidad de la Iglesia, su ímpetu para la evangelización. Las palabras finales de Jesús, al ascender a la gloria celestial, se convirtieron en las últimas "órdenes de marcha" de la Iglesia. Son lo esencial de una Iglesia que evangeliza en el nombre del Cristo Resucitado.

Aquí en nuestra parroquia, aun cuando recientemente escribimos nuestra propia "declaración de misión" (juntos, adorando al Señor, formando discípulos y sirviendo en el nombre de Jesús), todos nuestros esfuerzos son finalmente evaluados a la luz de las instrucciones finales a la Iglesia naciente en ese Monte de la Ascensión hace muchos años. Nuestros esfuerzos como seguidores contemporáneos de Jesús se vuelven creíbles cuando estamos buscando la salvación de las almas atrayendo a la gente a los sacramentos salvadores de Cristo. Nuestra autenticidad se pone de manifiesto cuando nuestras propias vidas están basadas en las virtudes que se encuentran "en el buen libro", la Biblia, los Mandamientos y un modo de vida consistente con Dios y la piedad. Recibimos confianza en estos esfuerzos, porque Jesús nos ha asegurado de su presencia permanente, es decir, "Estaré con vosotros siempre, hasta el fin del mundo". A veces seguimos adelante, inconscientes, como los discípulos en el camino a Emaús, que inicialmente no reconocían al Señor ni siquiera mientras viajaba a su lado en el camino. Sin embargo, en un discípulo creíble, nuestros ojos espirituales estarán agudos para interpretar el camino de la vida y su significado espiritual, sabiendo que el Señor Resucitado está con su Iglesia y está con su pueblo, siempre.

¡Felices Pascuas!

Padre Davis